La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

sábado, 9 de julio de 2016

Mi libro de cabecera


La amiga Ana Martínez, redactora de este diario, tuvo el detalle de acordarse de mí hace unos días para un reportaje que estaba preparando. La cosa iba de libros, claro (¿por qué no me llaman nunca para preguntarme sobre mis abdominales?). Me pidió que escribiera un párrafo sobre «mi libro de cabecera», aquel al que regreso con frecuencia, el que siempre tengo a mano en primera línea de mi librería. Las posibilidades que brindan este tipo de cuestionarios para quedar como un zoquete son elevadísimas, máxime cuando uno no va a ser el único literato consultado, sino uno entre una docena más o menos. Me precio de conocer un poco a mis compañeros de oficio, por lo que me parecía muy probable que sus respuestas fueran más en la línea de La insoportable levedad del ser (novela que cumple sobradamente la amenaza que encierra su título) que en la de Mortadelo y Filemón, aunque a todos nos haya influido mucho más el maestro Ibáñez que Milan Kundera. Así pues, me decanté por una respuesta propia de escritor y afirmé que mi libro de cabecera era una antología de los relatos de Borges que compré cuando estaba en el instituto, por su enorme capacidad para interpretar el mundo bla, bla, bla. Pues bien, ha llegado el momento de retractarse y confesar. En realidad, mi libro de cabecera, el que consulto con más frecuencia, es un ensayo de Pierre Bayard titulado Cómo hablar de los libros que no se han leído. Se trata de un manual de enorme utilidad para salir airoso en cualquier conversación libresca. Incluso para escribir, como ahora hago, sobre ese mismo libro sin necesidad de haber pasado de su página cinco. El título lo dice todo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 8/7/2016

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