La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

domingo, 18 de noviembre de 2012

"Madrid, 1605"



Mi amigo Erasmo López de Mendoza, que antes fue profesor mío de literatura, tiene una de las colecciones de libros antiguos más impresionantes que conozco. Con los libros antiguos ocurre algo curioso. Uno los imagina como mamotretos apolillados, pero con frecuencia su estado de conservación es mejor que el de ediciones que salieron a la calle hace apenas diez años. Y eso por no hablar del tacto del papel, de la belleza de los grabados, de la elegancia de los tipos usados en su composición, de su misma fragancia…  Todo ello tiene que ver con el arte del antiguo oficio de impresor (ahora casi perdido) y con la calidad del papel, que antaño se confeccionaba con trapos, sin ácidos ni química. Pero me estoy desviando del asunto de este artículo. Les hablaba de Erasmo López de Mendoza, un enamorado de los libros con pedigrí, y también un tipo un tanto peculiar, excéntrico. Él afirma que el auténtico coleccionista es capaz de prostituir a su santa madre o de vender su alma inmortal con tal de conseguir el ejemplar ansiado. No me consta que sea así en su caso, aunque no me sorprendería.
En nuestro último encuentro, precisamente, me habló de una de esas «piezas» que son el sueño de cualquier bibliófilo. Me confió que se trataba de una crónica manuscrita que él mismo había hallado por azar en una librería de viejo de Madrid. «Una librería de la calle Mayor», me dijo, «a un tiro de piedra del lugar donde tenía su negocio Francisco de Robles, el librero-editor del Quijote». Y con el Quijote, precisamente, tenía que ver el asunto. «Es algo increíble», continuó. «La crónica la firma un tal Gonzalo de Córdoba que era aprendiz del librero Robles a principios del siglo XVII, por los años en que se publicó El ingenioso hidalgo. Apenas sabemos nada de lo acontecido antes de que tan notable libro viera la luz, pero el autor de esta crónica relata, con pelos y señales, una historia que tiene como protagonistas, aparte de a él mismo, a su amo el librero Robles, a un viejo soldado llamado Miguel de Cervantes, a las hermanas, la esposa y la hija de este y a un tal Lope de Vega, comediógrafo que ya hacía furor por aquellos días. Y tras ellos, toda una legión de actores secundarios: pícaros, espadachines, pordioseros, clérigos, venteros, tahúres, desolladores, putas, buscavidas… Toda la chusma que pululaba por el Madrid de los Austrias en nuestro Siglo de Oro».
«¿Dices que has encontrado la crónica de alguien que fue testigo de la publicación del Quijote?», pregunté convencido de que mi viejo profesor me estaba tomando el pelo. «Así es», respondió él, «de su publicación y también de su escritura. Y algunas de las cosas que cuenta el amigo Gonzalo son tan increíbles que nadie habría podido imaginarlas. ¿Sabes que el manuscrito del Quijote fue robado y anduvo desaparecido durante un tiempo? No puedes ni figurarte las andanzas que el pobre Cervantes vivió cuando se embarcó en su búsqueda, ni quién estaba detrás del asunto». En este punto la voz de Erasmo se convirtió en un susurro. «Y lo que es más increíble. ¿Te imaginas que dicho manuscrito no se hubiera perdido y que la crónica de este Gonzalo de Córdoba fuera ser la llave para encontrarlo? ¿Comprendes el incalculable valor de un tesoro semejante?». En ese momento ya no me cupo la menor duda de que Erasmo se estaba riendo de mí. «Así que el manuscrito del Quijote», bufé. «¡Lo que me estás contando es una novela!».
Él sonrió taimadamente. «Tal vez sí, tal vez no. Pero si lo fuera, ¿no merecería la pena leerla?». 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 19/11/2012