La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

domingo, 10 de diciembre de 2017

Perros


Los perros llevan tanto tiempo conviviendo con nosotros que han acabado por adquirir características humanas. Cualquiera que tenga un perrito en casa sabe bien lo mucho que les gustan nuestros alimentos, aunque los suyos se vendan al precio del marisco en Navidad. Cuando nos sentamos a comer, mi pequeño bichón maltés ocupa solemnemente una silla, coloca ambas patitas sobre la mesa y aguarda a que algún miembro de la familia le dé un macarrón o un trozo de filete. Hemos intentado impedírselo, pero el aire de desolación y tristeza del animalito es tan grande que al final siempre consentimos. En estos momentos, mientras yo tecleo en el salón, él ha ocupado mi lugar en la cama, que prefiere con mucho al cómodo sofá donde se le permite dormir. Este proceso de humanización es tan notorio como irreversible, de modo que he decidido no tratar de detenerlo, sino colaborar, en la medida de mis conocimientos, a que se complete. Los perros carecen de cuerdas vocales, por lo que sería ocioso tratar de enseñarle a mantener una conversación. Pero tienen sus propios medios de expresarse (el ladrido, el gruñido, los movimientos de la cola, la posición del cuerpo) y de ellos me valgo para intercambiar impresiones con este peluche de tres kilos y medio. Le he enseñado a formular opiniones sobre la política nacional. Él y yo mantenemos puntos de vista afines, por lo que no ha sido difícil. Cuando le pregunto sobre Mariano Rajoy, el perrito gruñe. Cuando le pregunto sobre el ministro Montoro, gruñe y enseña los dientes. Si el asunto es el proceso independentista catalán, ladra y pone los ojos en blanco, como un lunático. Sí, sin duda cada día nos parecemos más. Solo espero que el proceso de adiestramiento no sea mutuo, pues no quedaría muy decoroso que yo me dedicara a marcar con pis las calles alrededor de mi domicilio.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 8/12/2017

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Orinar


Un gran peligro se cierne sobre la población masculina de este país. Pero remontémonos a los orígenes del drama. Hace siete millones de años, algunos de nuestros ancestros primates decidieron bajar de los árboles para procurarse el sustento. Al principio caminaban apoyándose sobre los nudillos, pero gradualmente adoptaron una postura más erguida, lo que les permitía una mejor observación del entorno y de sus peligros. Eso afirman los paleontólogos, aunque en mi opinión hubo otro factor determinante para un cambio evolutivo de semejante trascendencia. Me refiero al momento en que el primer homínido macho se incorporó para vaciar la vejiga. Imaginen la escena en una película de Stanley Kubrick: el mono erguido meando frente al tronco de un árbol, el resto de la tribu lanzando aullidos de asombro, las notas de Así habló Zaratustra tronando en la banda sonora. Varios millones de años después, en homenaje a aquel remoto antepasado, los hombres españoles seguimos orinando de pie. No así en otros países, especialmente en el centro y norte de Europa, donde los machos humanos han regresado a la posición sedente para realizar sus micciones. Esto, amigos, supone una grave regresión en el proceso evolutivo de la especie. Y ahora viene el aviso: existe una conspiración entre las mujeres de este país para que también los españoles nos sentemos para orinar. Ellas esgrimen razones de índole higiénica. Afirman que apuntamos mal y que después no reparamos el desaguisado. La realidad es mucho más siniestra: pretenden despojarnos de los últimos restos de nuestra virilidad. Si no actuamos con contundencia, dentro de poco la imagen del varón erguido proyectando el poderoso chorro hacia la taza habrá pasado a la historia. Todos mearemos sentados, como niñitas. Será el fin. Después, puede que ellas nos obliguen a regresar a los árboles. ¡Rebélense, camaradas! ¡Resistan!

Publicado en La Tribuna de Albacete el 1/12/2017

martes, 28 de noviembre de 2017

Mimofobia


Me repugnan los mimos. Es algo irracional, lo sé. Que yo recuerde, en mi infancia no sufrí el ataque de ninguno de esos artistas de pacotilla. Sin embargo, nuestras vidas se rigen por una amalgama de impulsos irracionales, impulsos que somos incapaces de explicar, pero que aun así son capaces de provocar reacciones extremas e incontroladas. En los últimos años, he sufrido varios episodios agudos de esta modalidad tan peculiar de «colombofobia». Uno de ellos tuvo lugar en la calle Fuencarral de Madrid, madriguera de artistas callejeros de todo pelaje. No sé por qué me eligió a mi como víctima, pero de pronto me vi asediado por un clon de Marcel Marceau que ejecutaba sus gracias a mi alrededor. Apreté los dientes y el paso. Ya me creía a salvo cuando oí una voz a mi espalda: «Se le cashó», me gritó el mimo (encima argentino), incumpliendo su sagrado juramento de no abrir la boca. Pensé que se me había caído la cartera o el móvil, pero entonces el tipo completó la frase: «Se le cashó la sonrisa». Pocas veces he estado tan cerca de liarme a tortas con alguien en medio de la calle. Aunque hubo un episodio peor. Fue en el Altozano, un Día del Libro, y por cortesía del Ayuntamiento. Esta vez era una chica. Iba disfrazada de bailarina o algo así. Creo que su instinto depredador le permitió oler mi miedo y me eligió como víctima para ejecutar su aborrecible rutina mimesca. Creí que iba a morirme de pánico y de vergüenza, pero decidí enfrentarme a ella: «Por favor, déjame en paz», le supliqué. Ella se volvió hacia mi exmujer, agitó la mano derecha y puso cara de «menuda prenda elegiste para casarte». Y mi anterior esposa se mostró de acuerdo. De hecho, nos divorciamos apenas unos meses después. Que estas líneas sirvan como aviso para todos los mimos del mundo: la próxima vez no saldréis impunes.

Publicado en La Tribuna de Albacete el  24/11/2017

sábado, 18 de noviembre de 2017

Mordiscos


La semana pasada, uno de mis alumnos de cuarto de la ESO le mordió a su compañero. Un señor mordisco en la mano, durante mi clase, mientras yo miraba. Confieso que sufrí un ligero shock que me impidió reaccionar de forma inmediata. Últimamente sufro de tensión alta, por lo que mi médico me ha encarecido que, en la medida de lo posible, evite los berrinches. Así pues, decidí abordar el asunto desde un punto de vista científico y pedagógico. Le pedí al autor del mordisco (16 años) que me explicara tan curioso proceder. Al principio él lo negó rotundamente, por lo que tuve que recordarle que mi sordera incipiente no afecta a mi agudeza visual, que no sufro de alucinaciones, que me encontraba a apenas cuatro metros del incidente y que el aula estaba bien iluminada. Insistí en que me brindara algún motivo que pudiera justificar una conducta tan alejada, no ya de las normas sociales más elementales, sino del comportamiento habitual de la especie humana en los albores del siglo XXI. Algo cabizbajo, él me explicó que su compañero, el receptor del mordisco, «le había pintado en su cuaderno». «¿Y a ti te parece que eso justifica que le muerdas?» «Ea», replicó él escuetamente. Llegados a este punto, solo se me ocurrió aconsejar al alumno mordido que se pusiera la vacuna antirrábica y rogarle al depredador que se abstuviera de morderme a mí. No es la primera vez que me ocurre algo parecido. El año pasado, también en un aula de cuarto de la ESO, una de mis alumnas le pellizcó un pecho a su compañera. Tuve que escribir un parte disciplinario que provocó gran hilaridad entre el anterior equipo directivo. Me pregunto qué pasaría si los padres pudieran espiar por un agujerito el comportamiento de sus hijos en clase. ¿Todavía pensarían que los profesores tenemos demasiadas vacaciones?

Publicado en La Tribuna de Albacete el 17/11/2017

domingo, 12 de noviembre de 2017

Médula


El pasado mes de mayo, el poeta y profesor valenciano Antonio Cabrera sufrió un accidente que le produjo una grave lesión medular. Siete meses después, todavía permanece ingresado en el hospital de parapléjicos de Toledo. Conforme el tiempo transcurre, las esperanzas de recuperar la sensibilidad y el movimiento disminuyen. Sus metas actuales son sencillas: perseverar en su terapia para no tener que depender de ayuda mecánica para respirar, aprender a utilizar un ordenador guiando un puntero con la nariz, tal vez recuperar el movimiento de algún dedo, lo que le permitiría manejar su silla de ruedas sin ayuda. Antonio y yo somos amigos desde hace muchos años. Él fue un poeta de vocación tardía, pero su talento ha dado frutos magníficos en su madurez. Aunque no es un escritor al alcance de todos, en los círculos más selectos se le admira y se le respeta como el magnífico artista que es. La noticia de su accidente cayó entre nosotros como una bomba. Soy incapaz de imaginar siquiera los momentos de desesperación por los que habrá pasado. Sin embargo, en una reciente entrevista para el diario El Mundo, afirma que le parece absurdo mirar hacia atrás. Lo ocurrido queda en el pasado y nada se puede hacer para cambiarlo. Antes era él quien iba hacia las personas y las cosas. Ahora son las personas quienes deben ir hacia él, y muchas cosas de las que antaño disfrutaba (el campo, las aves) quedan lejos de su alcance. Sin embargo, él ha elegido la vida. Incluso ha vuelto a componer poesía: Médula, circula / hacia la vida, deja pasar el tiempo / fluido de lo móvil. Tengo mucho que agradecerle a Antonio. Incontables horas jubilosas de conversación, de risas, de lecturas compartidas. Ahora, también el ejemplo de su entereza. Y el privilegio de poder seguir disfrutando del resplandor de su talento, del calor de su amistad.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 10/11/2017

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Cielito lindo


Delante del instituto donde enseño, sentado en un banco, hay un señor que toca el violín para ganarse unas monedas. Es un buen músico. El problema es que lo limitado de su repertorio. Creo que le he oído interpretar un par de tangos, pero la canción favorita de su hit parade particular es Cielito lindo. La toca sin descanso. Algunas mañanas, una docena de veces seguidas. Las temperaturas benignas nos obligan a mantener las ventanas de las aulas abiertas, y las notas de la ranchera se cuelan dentro de clase. Los alumnos se desconcentran. Algunos incluso tararean. Yo mismo me he sorprendido canturreándola en un par de ocasiones. La semana pasada, como ejercicio de catarsis, les propuse a los chicos que la cantáramos todos a coro. Tal vez el músico callejero nos oyera y se diera por aludido. Pero la canción sigue sonando en la avenida con mucha más intensidad que el rumor del tráfico, y yo empiezo a desesperarme. Hace unos días aproveché un recreo para recoger unas radiografías en una clínica cercana. La música ambiental que estaba sonando era Cielito lindo. Por la tarde, en el supermercado, otra vez el Ay, ay, ay, ay, canta y no llores del demonio. La dichosa canción me persigue como una maldición gitana. Cuando voy por la calle, silbo Cielito lindo. Por las noches, la musiquilla atruena dentro de mi cabeza y no me deja conciliar el sueño. Creo que me estoy volviendo tarumba. Empiezo a contemplar la posibilidad de comprarle al señor unas partituras y ofrecerle algo de dinero a cambio de que amplíe su repertorio. Pero temo que no sirva de nada. Como mucho, puede que consiga cambiar Cielito lindo por Piel canela, por Amapola o por Perfidia, con lo que el remedio sería peor que la enfermedad. Tal vez la única solución sea pedir el traslado a otro centro. O quizás volver a ver las noticias de Cataluña en los telediarios. 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/11/2017

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Tacos


Hoy les he estado hablando a mis alumnos de lo que se denomina el «genio de la lengua», que viene a ser la capacidad expresiva de cada idioma para plasmar determinados aspectos de la realidad, incluso para modelarla. Como ejemplo, les he leído el artículo de una joven británica residente en España y casada con un nacional. El texto aborda el inagotable caudal de palabrotas que usamos los españoles en casi cualquier circunstancia, tanto para mostrar ira como para todo lo contrario. A la chica, por ejemplo, le sorprende que usemos las mismas expresiones como insultos y como cumplidos, lo que en inglés sería completamente inimaginable. Le cuesta trabajo comprender que la frase «¡menudo pedazo de cabrón estás hecho!» pueda recibirse con una sonrisa o con un puñetazo. No le cabe en la cabeza que a los españoles no se nos pueda mentar a la madre en una confrontación verbal sin provocar una respuesta violenta y, sin embargo, usemos el sintagma «de puta madre» para decir que algo se nos figura el colmo de la excelencia. Y no se trata de que los británicos no sazonen su habla con tacos, que sí lo hacen, sino de que su repertorio es mucho más limitado e insípido que el nuestro, apenas cuatro o cinco vocablos que hacen referencia a los genitales y que siempre suenan ofensivos a oídos de un interlocutor educado. Cuando la joven británica oye a su marido proferir exabruptos tales como «me cago en to lo que se menea» (que ella intenta, torpemente, traducir como I shit on everything that moves), «que te folle un pez» (go get fucked by a fish) o «pollas en vinagre» (pricks in vinegar), no le queda más remedio que reconocer la superioridad de nuestra noble lengua castellana cuando se trata de ser soez, pero de un modo barroco e imaginativo que a veces roza lo sublime.

Publicado (en una versión ligeramente distinta) en La Tribuna de Albacete el 27/10/2017