La Ley de Murphy

La Ley de Murphy
Eloy M. Cebrián

lunes, 26 de junio de 2017

Audiencias


Para explicar la supervivencia de un programa de televisión se suele invocar aquello de «la tiranía de las audiencias», término muy adecuado, creo, porque si algo caracteriza las tiranías es que quienes las ejercen son muy pocos y quienes las sufren una vasta mayoría. En el caso de las audiencias televisivas, los tiranos son el contado número de televidentes que tienen un «audímetro» instalado en su sala de estar. Esto comporta el inconveniente de tener que informar al aparato de cuántos miembros de la familia, y de qué edades, están sentados delante de la tele en cada momento, lo que viene a ser como soportar la presencia constante de un pariente pesado o un vecino fisgón. Las ventajas que estos pocos privilegiados obtienen a cambio son, sin embargo, inmensas. Y no me refiero ya a los incentivos económicos o en especie que puedan recibir, sino a la posibilidad increíble de atormentar a un país entero a capricho, con la enorme sensación de poder que eso tiene que suponer. De hecho, yo creo que casi todos los miembros de esa élite de la audiencia deben presentar algún tipo de patología que les hace experimentar placer con el sufrimiento ajeno. O eso o son todos unos guasones impenitentes, porque solo así se explica que tengamos que soportar engendros como Hora Punta, ese pseudoprograma que perpetra, a la hora de máxima audiencia, el «periodista» Javier Cárdenas, un sujeto que obtuvo su fama burlándose de ciertos pobres desgraciados (recordemos a Carlos Jesús o al «Pozí»), y que ahora sigue haciendo exactamente lo mismo, con la diferencia de que los pobres desgraciados han pasado a ser los millones de televidentes que cada noche han de sufrir las mamarrachadas de este fulano, aunque sea solamente en forma de ráfaga de estupidez mientras practican el zapping.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 23/6/2017

miércoles, 21 de junio de 2017

La hormiga de la eternidad


Como todo aquel que haya padecido una educación religiosa, a uno le cuesta desprenderse de ciertos traumas y complejos cuyo origen es posible rastrear hasta la infancia, una infancia la mía poblada de sotanas, al menos durante cierta época sobre la que prefiero no extenderme. La cuestión es que, a veces, como si de una enfermedad crónica se tratara, todavía siento terror al pensar en la posibilidad de ir al infierno. Lo de ir al cielo, en cambio, ni me lo planteo, quizás porque lo veo demasiado lejos de mis posibilidades, como jubilarme con 60 años o llegar a comprarme un apartamento en la playa. Pero la idea del infierno sí que me atenaza durante algunas madrugadas de insomnio, seguramente porque me la inculcaron con gran lujo de detalles y a una edad demasiado vulnerable. Mi amigo Paco Mendoza dedicó un poema al famoso ejemplo de la hormiga. Imaginemos que a una hormiguita le da por recorrer la Tierra siguiendo la línea del Ecuador. Este insecto, en su lento y leve caminar, iría dejando un imperceptible surco al desgastar la corteza terrestre bajo sus patitas. Pensemos en la cantidad incalculable de tiempo que le costaría a la hormiga completar un giro, y luego en los siglos, milenios y eones que tardaría en partir nuestro planeta por la mitad. Pues bien, ese lapso de tiempo no sería nada comparado con la duración del infierno, que es eterno, y por lo tanto no se puede comparar con cualquier cantidad de tiempo finito, por inconmensurable que sea. Creo recordar que, en su poema, mi amigo Paco se ensañaba con la hormiga, que a mí no me parece sino un bichito inocente. Cada vez que sufro de terrores nocturnos, yo me acuerdo más bien del sádico con sotana que se la inventó. De él y de su santa madre.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 16/6/2017

Despatarre


El ayuntamiento de Madrid ha lanzado una campaña de reeducación dirigida a esos hombres que se despatarran en los transportes públicos. Esto puede parecer frívolo y hasta chistoso, pero lo cierto es que no es ni una cosa ni la otra. Hace años ya se hizo una campaña parecida en el metro de Nueva York, lo que demuestra que la idiosincrasia nacional no es tan exclusiva como nos gusta pensar. Para bien o para mal, parece que los madrileños (y todos los españoles, por extensión) son igual de gañanes que los ciudadanos de la capital más cosmopolita del mundo. Otra cosa son las lecturas que se quieran hacer del asunto en clave feminista. No en vano parece que quienes se despatarran son exclusivamente varones (en inglés la postura se denomina manspreading, lo que no deja lugar a dudas), y tienden a hacerlo cuando la compañera de asiento es una mujer, a la que acoquinan y arrinconan en un acto de reafirmación de la superioridad masculina, una forma más de violencia de género. Es más, en muchas ocasiones la indecorosa postura se subraya con el aún más indecoroso acto de depositar la mano sobre los genitales propios, una reminiscencia de lo que el macho alfa de la tribu de gorilas hace en su rincón de jungla congoleña. Todo esto ocurre, a qué negarlo. De lo que no estoy tan seguro es de que se trate de una manifestación del sexismo latente en la sociedad. Para mí, al menos, no es sino una muestra más de la mala educación, lo que sí constituye una lacra endémica, tan poco disculpable como hablar a voz en grito en lugares públicos, como dejar basura tirada por la calle o como no lavarse el sobaco cuando el calor aprieta. Y si hay algo que hermana de verdad a ambos sexos es precisamente la mala educación, un defecto que todos (hombres, mujeres y géneros intermedios) compartimos de forma solidaria.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 9/6/2017


lunes, 5 de junio de 2017

Ministéricos


Acaba de regresar a las pantallas la serie El Ministerio del Tiempo, creada por los hermanos Pablo y Javier Olivares, los Wachowski de la televisión patria. La renovación de la serie para una tercera temporada ha sido un proceso agónico que se ha demorado mucho más de lo que los «ministéricos» hubiéramos deseado. Incluso se ha rumoreado que podía saltar a otra cadena, lo que habría hundido a nuestra televisión pública en un ridículo difícil de digerir. Y con esto queda claro que soy un fan declarado de la serie, uno entre muchos cientos de miles. Es más, creo que es lo mejor que se ha visto en la televisión de este país desde que se murió Chanquete. El Ministerio del Tiempo no es una serie de la HBO, aunque merecería serlo. Su éxito no se basa en grandes presupuestos y efectos especiales, sino en la imaginación y el talento de sus guionistas, en el trabajo y el carisma de sus actores, en el valor de huir de la consabida comedia de costumbres y ofrecernos algo que nunca habíamos visto. En sus capítulos hemos visto a soldados de la Alemania nazi recorriendo las calles de Madrid. Hemos visto a un caballero español del Siglo de Oro tratando de adaptarse a la vida en el mundo moderno. A Federico García Lorca observando cómo los ciudadanos de hoy en día hacen footing vestidos con «pijamas de colores». Hemos cenado con Napoleón y rescatado a Lope de Vega de una muerte segura. En una pirueta de absoluta genialidad, incluso hemos presenciado cómo Felipe II se proclamaba «emperador del tiempo» y extendía su monarquía a todas las épocas, con discurso televisivo de Nochebuena incluido. Una serie así no podía terminarse sin más. Y si lo hiciera, habría que buscar la puerta que nos llevara de nuevo al estreno del primer episodio, para poder disfrutarla otra vez de cabo a rabo.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 2/6/2017


viernes, 26 de mayo de 2017

Bartleby en las aulas


«Preferiría no hacerlo». Así contesta Bartlebly, el escribiente de un prestigioso abogado de Wall Street, cada vez que su jefe le encarga una tarea. «Preferiría no hacerlo» se ha convertido en una cita emblemática en la historia de la literatura. Herman Melville publicó este relato en 1853, y su influencia no ha hecho más que agigantarse con el tiempo. Se dice que Bartlebly es el precedente directo de esos personajes de corte existencialista que abundan en la literatura del siglo XX: Kafka, Camus, Sartre… Bartleby pasa todo el día de brazos cruzados contemplando una pared de ladrillo a través de la ventana. Es el escribiente que no escribe, el hombre que ha optado por la inacción. Su presencia en la oficina es constante, pero no supone ninguna diferencia. No ayuda, no estorba. Sencillamente está ahí, y a la vez no está. No puedo evitar acordarme de este personaje cada vez que entro en un aula de secundaria (e incluso de bachillerato). El censo de los Bartlebys que pueblan nuestras aulas arrojaría cifras sorprendentes. Acabo de salir de una clase de cuarto de la ESO. Son apenas veinte alumnos. Se podría trabajar tantas cosas con ellos. Se les podría enseñar tanto. Sin embargo, al menos cinco de ellos son Bartlebys consumados. Prefieren no obrar. Han optado por no hacer nada. Tienen una ventaja sobre el escribiente de Melville, sin embargo. Ellos disponen de un hogar con todas las comodidades al que regresarán cuando termine el horario lectivo, y allí seguirán perseverando en la incuria y la apatía. Además, en el caso de mi instituto, ni siquiera tienen que mirar una aburrida pared de ladrillo, pues a través de las ventanas de las aulas pueden contemplar las verdes copas de los árboles del parque. El sistema permite que los Bartlebys prosperen en nuestras aulas. Algunos incluso aprobarán y pasarán de curso. ¡Ah, Bartleby! ¡Ah, humanidad! 

Publicado en La Tribuna de Albacete el 26/5/2017

martes, 23 de mayo de 2017

El gallo de Manel


Pido disculpas por insistir en un asunto que a estas alturas ya resulta manido, pero quiero dejar constancia pública de que yo no culpo a Manel Navarro por el gallo que soltó el sábado pasado. No soy de esos que dicen que el festival de Eurovisión es un evento trivial y hortera que solo interesa a catetos, frikis y gente de poca cultura en general. A mí Eurovisión me ha gustado desde que me alcanza la memoria. Recuerdo que de niño lo esperaba como agua de mayo. Me acuerdo perfectamente de la actuación de ABBA en el 74. Me acuerdo de Karina y de Mocedades. Y con un pequeño esfuerzo extra incluso me acuerdo de Cliff Richard cantando Congratulations. Puede que en mis años juveniles mi interés decayera un poco, pues había que guardar las apariencias y tal. Pero a estas alturas las apariencias ya me dan lo mismo, y vuelvo a disfrutar del entrañable concurso, más robusto que nunca gracias a todos esos países incorporados tras la caída del muro de Berlín, amén de Australia. Con todo y con eso, no le guardo ningún rencor a Manel Navarro por su gallo. Incluso me inspira ternura. Hace por los menos tres lustros yo solté un gallo en un karaoke y todavía me muero de vergüenza al acordarme. Pobre muchacho. Aunque hay una cosa que sí le reprocho. Llevo una semana que no me puedo quitar de la cabeza el pegajoso estribillo ese de «do it for your lover», y al final creo que me voy a volver loco. Tal vez tenga que recurrir a la psiquiatría. O a lo mejor no me queda más remedio que oírme cincuenta veces la canción de Rodolfo Chikilicuatre a ver si así consigo cambiar el dichoso «do it for your lover» por el breikindance, el crusaito y el maikelyakson de toda la vida. ¡Perrea, perrea!

Publicado en La Tribuna de Albacete el 19/5/2016

sábado, 13 de mayo de 2017

Así en la vida como en el cine


Miguel, mi hijo de tres años, se niega a dormir la siesta sin antes ver durante un rato Toy Story, su película favorita. Hace unos días, me disponía yo a poner en marcha el vídeo cuando me dijo lo siguiente: «Papá, ponlo para que Buzz no se rompa.» Tuve que hacérselo repetir media docena de veces antes de comprender las palabras, aunque el significado oculto tras ellas seguía desafiando mis entendederas (¿no creen que los niños deben tenernos por cenutrios sin solución?). En fin, tras dedicar un buen rato a rascarme la cabeza perplejo, me encogí de hombros y puse en marcha el vídeo sin más. Pero ¡ah fatalidad! ocurrió que en, determinado momento, Buzz Lightyear se cayó por el hueco de las escaleras y se rompió, precisamente lo que Miguel me había rogado que no ocurriera. El llanto desconsolado del niño me hizo comprender que allí había algo más que una simple rabieta. Al principio me dije que mi hijo acababa de sufrir su primera crisis de fe, la que sobreviene cuando descubrimos que papá no es más que un simple mortal incapaz, por tanto, de subvertir el orden natural del universo. Después caí en la cuenta de que los orígenes de su llanto eran de otra índole: mi hijo no concebía una película del mismo modo que los adultos lo hacemos, como una narración en la que los acontecimientos se suceden siempre del mismo modo. Para él, tenía que resultar posible modificar la trama a voluntad, optar por una línea argumental en la que los personajes hicieran cosas distintas a las que nos tienen acostumbrados.
Las sugestivas implicaciones de aquella idea me dejaron pensativo. ¿Se imaginan qué apasionantes horizontes se abrirían para el cine si el espectador pudiera alterar la trama de la película a capricho? Yo siempre he detestado, por ejemplo, que el personaje de Ingrid Bergman deje a Rick en el desenlace de Casablanca. ¿No sería preferible hacer que Ilsa, siquiera de vez en cuando, se quedara con Bogart en lugar de marcharse con el cretino de su marido, tan idealista y perfecto él? Por otro lado, no es que tenga nada en contra del desenlace de Psicosis, pero ¿no resulta monótono saber desde el principio lo de la esquizofrenia homicida de Norman Bates? Aunque sigo disfrutando de la película cada vez que la veo, me fastidia la ausencia de incertidumbre, la resignada certeza de que Anthony Perkins acabará por hacer el numerito del cuchillo vestido con la bata de su madre, y así una y otra vez. Si las películas fueran como mi hijo cree, cada vez que la viéramos el final sería nuevo y sorprendente.
Pero hay algo que me inquieta en todo esto. Tal vez Miguel —quién sabe si todos los niños pequeños— piense que también en la vida cualquier alternativa es posible con sólo desearla. Quizá el mundo para ellos sea como un descomunal videojuego en el que existe la opción de «salvar la partida». De ese modo, siempre cabría la posibilidad de regresar al momento anterior a aquel en que las cosas comenzaron a torcerse y procurar hacerlo todo bien esta vez. Si llego a saberlo... repetimos a menudo. ¿No es cierto que bajo esta tan trillada frase se esconde la angustia de sabernos juguetes del azar? Sin embargo, puede que para los niños pequeños si llego a saberlo sea mucho más que una forma de expresar contrariedad. Sospecho que en su concepción del mundo, aún no contaminada por el dolor, basta con cerrar los ojos y volver a abrirlos para que errores y desgracias nunca hayan ocurrido. Para ellos, vivir debe de resultar tan sencillo como rebobinar una cinta de vídeo y volver a usarla. Los adultos, en cambio, sabemos que en la vida sólo es posible navegar aguas abajo. Nos queda, eso sí, el refugio de los sueños. Lástima que, como sabe muy bien el protagonista de la última película de Alejandro Amenábar, éstos tengan esa maldita tendencia a convertirse en pesadillas. Me cuesta imaginar un momento más atroz que aquel en que un niño «despierta» a la certeza de que el mundo es en realidad un lugar despiadado. Imagino que es entonces cuando nuestra memoria se vacía y arrancan los recuerdos que conservaremos en el futuro. ¿Acaso podríamos seguir viviendo si no fuera así?
También llegará para Miguel el momento de despertar, pero les aseguro que no seré yo quien lo saque de su error, quien le explique que en el mundo real, este feo mundo que hemos inventado con nuestras feas mentes de adulto, los errores casi siempre se pagan, que la vida rara vez nos concede una segunda oportunidad.

La Verdad de Albacete,  12 de febrero de 1998